Nos vemos pronto
María permanecía de pie junto al quicio de la puerta, asemejaba a suerte de princesa bailarina esperando su Romeo, orgullosa y a la vez melancólica, altiva y al mismo tiempo afligida, sostenía el tirador de la hoja de roble macizo con una mano, mientras la otra sujetaba la barra de metal que hacía de asa de su bien cuidada maleta que en tantos viajes le había acompañado, pero esta vez parecía diferente, como algo que acaba, un final del camino sin vuelva atrás, como un adiós sin retorno, esa ridícula sensación de dejarlo todo, marcharse, no volver, siempre había odiado la palabra "Adiós", y ahora la sentía muy dentro. Cuando se despedía de algo ó de alguien usaba un "Hasta pronto" ó un "Hasta luego" ó incluso "Nos vemos pronto", otras veces un sencillo y simple "chao" cuando se hallaba aplanada y no se sentía con ánimos de usar más palabras, pero se resistía a decir "Adiós", una manía psicótica que ella había grabado entre sus recuerdos como de una despedida sin regreso, y hoy, ahora, miró por última vez las paredes de aquella casa, su casa, el recibidor pintado de un rosa anaranjado que le daba un entrañable aspecto a calidez, a confort, a ambiente de puesta de sol, crepuscular, acogedor y romántico, con su espejo sobre el aparador donde tantas veces se retocara su peinado al salir, y sus pequeños y cariñosos peluches mirándola y queriéndola, miró más allá, el salón, aquel sofá mullido donde había pasado alguna íntima noche de loca pasión, su pequeña biblioteca con libros selectos y … su mente se rebeló contra la huida de aquel lugar, el mar plácido de sus ojos se transmutó en tempestad, una galerna estalló en su mirada, sus ojos se hicieron borrasca que manejaban a su antojo a un frágil barco que navegaba dentro de ellos y una ráfaga de viento hizo que a través de una tromba de agua se precipitara fuera de su cuenca y unas lagrimillas traidoras atravesaron el tupido bosque de sus pestañas y resbalaron por el sinuoso cauce de sus mejillas, transcurriendo por el delicado tapiz de su piel, cual si de un salvaje río de montaña se tratase, cristalino, puro, vigoroso, por el valle que se formaba junto a su chata nariz, por allá corrían a su libre albedrío un par de saladas balas de plata.
Abandonaba su hogar, partía lejos, unas pocas pertenencias en su vieja maleta, y miles de recuerdo allá dentro, le embargó la soledad en el rellano de su hogar, el miedo, el olvido, allá, de pie, temblorosa, repasó quedamente aquello que dejaba y lo que se llevaba, era poco, ella no necesitaba apenas nada, tan sólo unas caricias, unos besos, unos abrazos, unas palabras bonitas, eso era tan sólo lo que hubiese querido encerrar en su maleta de cristal, lo material le era innecesario, superfluo, indiferente. La puerta se fue cerrando muy , muy despacio, sus ojos querían ser las lentes de una cámara de vídeo que grabase en su cerebro hasta los más mínimos detalles de aquel hogar del cual se resistía a abandonar, su parcela de intimidad, su techo, su pequeño mundo, su ciudad, su hogar, dulce hogar.
Cuando la puerta le privó de todos sus recuerdos, giró la llave en el bombín hasta tres veces y al sacarla la depositó sobre la palma de su mano, se quedó mirándola unas décima de segundo, la apretó fuerte sobre su puño cerrado y dándose media vuelta empezó a bajar las escaleras.
Recuperó su aplomo, sus nervios a flor de piel se esfumaron, su vitalidad natural reapareció como el brote de una semilla en primavera, era como si una mano mágica le hubiese dado cuerda al mecanismo de un juguete y éste se hubiese puesto a andar alocadamente por encima de una alfombra, así ella parecía, como una mariposa recién salida de su crisálida, liberada, altanera, arrogante, incluso feliz, con su porte juvenil y enérgico bamboleando su caderas.
Había cerrado una puerta allá arriba. Se sentía libre. Como si estuviese abandonando una cárcel de oro y terciopelo.
Desde el interior del portal observó a dos hombres hablando junto a la acera, uno de ellos era Andrés, el portero, el otro estaba de espaldas, ella se detuvo previamente junto a los buzones y depositó las llaves en uno de ellos, aquellas llaves que otra persona recogería esa misma tarde, Andrés no le reportaba demasiado confianza, tenía fama de cotilla y chismoso, hubiese podido dejarle a él las llaves, pero no tenía necesidad de hablar con nadie acerca de su partida.
Un taxi la esperaba con la puerta abierta.
- Ay que ver como son la mujeres, Andrés – habló aquel otro individuo que compartía acera con el portero, junto al taxi- Se tiran media hora para arreglarse y pintarse , y le dan mil vueltas a la casa antes de salir. ¡ Cómo si no fuesen a volver nunca ¡ .
¡ Qué no son más que quince días de vacaciones¡. ¡ Venga por dios, María, date prisa ¡. Hace media hora que está esperándonos el taxi y vamos a perder el vuelo. Y Usted, Andrés, cuídenos bien la chabola, aunque nuestro hijo se queda en casa, pero el muy cabroncete siempre está fuera. ¿Le has dejado la llave en el buzón? .
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